cuando el uno y el dos no hacen tres,
decido de repente dar un giro
a mil kilómetros de todo y a un metro de nada
así, sin más,
con lo puesto y lo prestado
necesitaré dos brazos y una pierna
una mano a la que le falta un dedo
y, por supuesto, un músculo al que ir despertando,
con toda mi paciencia
llevaré únicamente mis calcetines
si me dejas asomarme a tu ventana en mis mañanas de resaca
atravesada por los rayos del ladrón de los sueños
de mis sueños
donde el gris es verde y el agua roja
las noches suaves y las mañanas violentas
en la segunda curva a la izquierda
pregunta por mí
y te señalarán el camino que tomé
a la sombra de un olivo
a la luz del atardecer
estaré esperándote.
Porque a veces esperar no requiere esperanza
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